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La peonza (anécdota real)

11 junio, 2011

No existía nada más en el mundo que la peonza, su cara mostraba gran concentración, y una y otra vez la lanzaba con poca fortuna. De vez en cuando se cruzaban nuestras miradas, pero sólo existía la peonza para él, y yo no me atrevía a hablar.

Después de muchos intentos, la peonza giró velocísima, erguida, y desplazándose muy poco del lugar en el que había caído. En ese momento, asombrado por la gran perseverancia del niño, decidí romper el silencio.

– ¡Muy bien!

El niño sonrió, y rápidamente cogió del suelo la peonza y empezó a enrollar de nuevo la cuerda, mientras me miraba y empezaba a hablar:

– Me sale muy pocas veces… tengo que practicar mucho para que salga. Casi siempre cae de lado.
– Sí, es difícil. Yo de pequeño también jugaba a esto.
– ¿Sí? ¿Y cuál tenías?
– ¿Cómo?
– Sí, ésta es la Spider, pero en casa tengo también la Cobra.
– Ah, yo tenía una de madera.
– Mi abuelo también tiene una de madera. ¿Y tu peonza tenía protector en la punta?
– ¿Protector?
– Sí, es para no rayar el suelo.
– Ah, la mía no tenía. De hecho, no me dejaban jugar en casa por eso.

Mientras hablábamos había tirado varias veces la peonza, y entonces consiguió otra vez que girara bien; nos quedamos callados, expectantes. Sonreí, y después de sopesarlo durante unos instantes, le dije:

– ¿Me dejas probar? No recuerdo bien cómo se tira, hace muchísimo que no juego con una peonza.
– Sí, toma… tienes que cogerla así. Y al tirarla tienes que hacer esto….

Tiré la peonza, y golpeando el suelo empezó a rodar desordenadamente. El niño me miró con condescendencia.

– A mí también me pasaba al principio…
– Sí, yo aprendí en su momento, pero se me ha olvidado. Tuve que practicar bastante, pero ya hace mucho tiempo que lo dejé.
– ¿Y por qué dejaste de practicar?
– Pues… no me acuerdo, tendría otras cosas que hacer… no sé por qué lo dejé…

El niño miraba asombrado, incapaz de comprenderlo. Me pregunté a mi mismo por qué dejé de practicar, y no encontré la respuesta. ¿Acaso no era él mucho más feliz? ¿Por qué a mí no me bastaba con una peonza?

– Y ahora, ¿a qué juegas?
– Nosotros ya no jugamos. Tampoco hacemos nada mejor. Perdemos el tiempo sin disfrutarlo, gastamos el dinero en artilugios que no sirven más que para crear vacío en nuestro interior.

En este momento el niño, de cinco años, no entendía absolutamente nada, y me miraba con cara de extrañeza. Sonreí, y me despedí animándole a seguir practicando.