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Manuscrito encontrado 6

6 septiembre, 2011

Era temprano, pero el sol ya se había distanciado del horizonte y brillaba con mucha intensidad. Ya sabía que haría bastante calor, pero le confortaba saber que ése era uno de esos pocos días en que no hay nada de viento y puede ir más rápido en la bici.

Después del desayuno, comprobó que no se olvidaba de nada: el inflador, la cámara de repuesto y el bocadillo ya estaban en la mochila; solamente faltaba llenar la botella de agua.

En poco tiempo ya se encontraba atravesando la ciudad, en dirección al canal. No había mucho tráfico, por lo que apenas tuvo que pararse para cruzar las calles. Tenía la sensación de que ese día haría bastantes kilómetros, y que encontraría un buen sitio donde parar y descansar un rato, disfrutando del silencio que sólo se encuentra lejos de la ciudad.

Se sentía relajado, y su cadencia de pedaleo era rápida y regular. Esa parte del camino la había recorrido muchas veces, y ya no le suscitaba ningún tipo de duda. Su mirada se desvió hacia el canal al ver unos patos nadar en fila, cada uno más pequeño que el anterior, como una matrioska. Poco después fue el “géiser” de los depósitos de Casablanca lo que captó su atención. Le gustaba ver cómo la masa de agua se suspendía en el aire y caía en un sinfín de gotas que brillaban bajo la luz del sol.

Aquella mañana el camino estaba inusitadamente vacío, no había ningún otro ciclista, nadie paseaba con el perro, ni siquiera podía verse algún avión en el cielo, como era frecuente en esa zona. Al percatarse de ello, una cierta sensación de irrealidad se empezó a apoderar de él. Cada vez sentía menos el tacto del manillar, el aire rozando sus brazos y los botes de la bici sobre las piedras. Su vista se nublaba levemente, cuando se acercaba a un estrecho túnel bajo un puente de piedra que cruzaba el canal. Ya lo había atravesado en otras ocasiones y, aunque no llegaba a los diez metros de longitud, sabía que tenía que frenar un poco, pues a través del túnel la oscuridad era absoluta.

Casi sin darse cuenta ya se encontraba en el interior, y veía delante de él la luz del otro lado. En este momento se intensificó su pérdida de consciencia: no sentía el tacto de la bici, ni oía el ruido que producían las ruedas en el suelo. La borrosa luz del final, parecía estar siempre a la misma distancia. Luchó contra el peso incontenible de sus párpados, pero no pudo evitar rendirse y permitir que acabaran por cerrarse.

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El duro y agudo sonido del despertador lo arrancó del sueño. Con esfuerzo, acertó a hacerlo parar. Se levantó entumecido y, desperezándose, se dirigió a la ventana.

Era temprano, pero el sol ya se había distanciado bastante del horizonte y brillaba con mucha intensidad. Ya sabía que haría bastante calor, pero le confortaba saber que ese era uno de esos pocos días en que no hay nada de viento y puede ir más rápido en la bici…